domingo, 27 de septiembre de 2026

Morante-Urdiales-Aguado: Un triángulo equilátero










Por supuesto que es oportunismo, pero no me digan ustedes que lo de ayer en Sevilla de Pablo Aguado, no fue una obra de arte de una importancia tal, que el borrón con la firma de la espada pronto se olvidará. No se trata de dos o tres orejas o de una Puerta del Príncipe más o menos, se trata del reencuentro con esa musa  tan esquiva con el torero, que hasta nos hizo dudar (a mi mucho) de si se habría ido para siempre después de aquella tarde de mayo de 2019.

Desgraciadamente no me da la cosa como para cerrar un círculo, ójala, pero de los que habitualmente se visten de luces, sólo tengo tres (de los otros tengo más) y para quien me diga que Juan Ortega podría romper ese triángulo, no lo voy a negar: podría, pero a día de hoy me falta profundidad y sentimiento para amalgamar tanta belleza. Más adelante, Dios proveerá.

Y es que Morante es Morante, pero no me negarán quienes tuvieron el privilegio de degustar la actuación de Urdiales en la Ribera, que el sabor que tiene este torero y la perfecta naturalidad (aunque parezca un contrasentido) que ha conseguido, hacen que haya unas cuantas suertes en las que uno y otro no son comparables. Barroquismo sin imposturas, frente a naturalidad buscada pero nunca forzada. Nunca dos conceptos tan diferentes se complementaron tanto en su particular y personal búsqueda de la esencia del toreo.

Siento a Aguado en la misma mesa porque ayer, otra vez y creo que después de mucho tiempo buscando, aunó la naturalidad, la elegancia, la personalidad, la inspiración y el ingenio de quien escribe al dictado del alma.  

Uno de mis cuadros favoritos, es un tríptico: El Jardín de las Delicias de El Bosco. Ninguna de las tres partes del cuadro se parece a la otra y ninguna sobra, al contrario, no se entenderían las unas sin las otras.

P.d.- Si cierran el tríptico, podrán contemplar la creación del mundo.


Las fotos, como en otras muchas ocasiones, han sido cedidas gratuitamente por el polifacético Carmelo Bayo Calvo: Lo mismo se trajina  unas lentejas, que unos naturales de Urdiales, o  se pinta  una Giocconda con rastas y un tatoo de Romero en el cuello.

sábado, 30 de mayo de 2026

Vayan a ver a Urdiales

Foto: Plaza 1

 

Cuando llevas muchos años viendo toros y toreros, tus gustos necesariamente se definen. Hay tardes en las que uno va a la plaza por simple inercia y otras que realmente apetecen. Mis vecinos de tendido el día de la Corrida de la Prensa, comentaban que "les gustaría ir alguna vez a esa plaza francesa que es un circo romano, o hacer un viajecito a ver toros en el Coso de Insurgentes" (ojalá). Eran abonados del uno y al parecer, no venían a todo el ciclo, si no aquellas tardes en las que la terna resultaba más conocida para el público en general. Su objetivo el jueves era ver triunfar a Roca Rey. Urdiales les sonaba de haberlo visto en otras ocasiones y por supuesto Aloi para ellos era un desconocido. Sus comentarios ante las arengas del implacable tendido siete, por supuesto eran despectivos, pero en voz baja y con un puro en la boca.

Eso es Madrid, una plaza en la que caben veintidós mil opiniones, una auténtica jaula de grillos, en la que un tendido, o una serie de grupos de ese tendido, escenifican airadamente una protesta, o te regalan unos olés profundos que suenan con la misma fuerza que la quinta de Beethoven. A veces se otorgan orejas baratas, racaneándose en otras ocasiones y por la razón que sea, hay faenas merecedoras de algo más que de la indiferencia, que no calan en el respetable y entonces el comentario general es de la guisa de "Madrid no se ha enterado", porque no sé si nos damos cuenta, pero no son sólo los actuantes, sino toda la masa que forma la plaza, los que están sometidos a un juicio de valor, en este caso, de los televidentes.

Si no existiesen esos aficionados del llamado siete y los de las gradas superiores, posiblemente el deterioro taurino de la plaza estaría mucho más acentuado de lo que lo está y las figuras vendrían a Madrid con algo menos de tensión y respeto.

No digo yo que tengan razón en todas las ocasiones: El vademécum del toreo no consiste en bajar siempre la mano y si se cae el toro, que se caiga, o que el "silbador" de la colocación acierte al cien por cien en soltar su "pitito" cuando cree que el torero está "fuera de cacho", o que sobrepasar en dos centímetros la raya de picar sea una violación del reglamento acreedora de doce latigazos, pero sí que es verdad, que todas esas "impertinencias" sirven para que la plaza mantenga cierta hegemonía y para que los que aceptan el reto y triunfan en ella, saboreen esos olés venteños como si fuesen angulas recién pescadas.

A Urdiales el otro día se le midió, a Roca Rey en su primer toro llegaron a desconcentrarlo y no le perdonarán el haber cortado una oreja a su segundo después de un pinchazo. No me digan que no tiene que ser bonito a nivel personal y taurino superar ese reto.

Los toreros, precisamente porque son toreros, saben mucho más de esto que cualquiera de nosotros, pobladores de un tendido sin miedo a que nos arranque la cabeza un toro. Pero aún así, aun sabiendo mucho más, necesitan de nuestra aprobación y sobre todo de la de aquellos con opiniones más radicales. La razón es, creo que sencilla: Torear para uno mismo está bien, pero si ese toreo no trascendiese, sería como si Goya hubiese pintado los fusilamientos y acto seguido hubiese quemado el cuadro para que no lo viese nadie. Decía una vez Javier Cansado, la pareja profesional de Faemino, que en un teatro lleno, lo que más les mosquea es que haya quinientas personas aplaudiendo y uno, el de la fila siete asiento trece, que está allí como un pasmarote sin hacer ademán alguno.

El pasado jueves, el Maestro Urdiales (creo que por más de una razón  ya se merece el grado), hizo un quite a su segundo en los medios y Madrid, todo Madrid, rugió.

Y cuando veintidós mil almas opinan lo mismo, por algo será.

lunes, 18 de mayo de 2026

Rubén Sanz y Aarón Navas: "Esperando a Godot"



Esta tarde hay toros en Las Ventas, pero les ha salido un tentadero. Es ganado de la tierra, sin embargo, un tentadero es un tentadero y no pilla demasiado lejos de casa, así que buena oportunidad para ponerse delante. Mientras los tres elegidos para Madrid se visten de luces, Rubén y Aarón se enfundan sus camisas "toreras" y unos zapatos de tentar que detesto, dado que por lo visto, a ambos les resultan incómodos los botos.

Veintidós mil almas colman la primera plaza del mundo, en la finca cuento nueve personas, incluidos el ganadero y su hijo. Nadie lleva un clavel en el ojal y no corren los gin-tonics por la barrera de la placita de tientas portátil. Agua para limpiar el polvo de la garganta y poco más. Los ganaderos son gente afable y cariñosa, visten como viste cualquier persona que va a trabajar en el campo y no hay ni sombrero ni cuaderno de notas (para eso está la cabeza). Enchiqueramos las becerras mientras en Las Ventas del Espíritu Santo se ultiman los detalles y se da el postrero manguerazo a la arena. Nosotros tragaremos sol y polvo, eso sí, hay unas pocas "entradas" de sombra al cobijo del único árbol que allí crece.

Dan puerta a la primera becerra y compruebo mis escapatorias  fuera de la portátil porque alguna vaca puede andar saltarina y soy objetivo fácil. Lejos de "pegar bocaos" las dos primeras añojas son excelentes. 

Aarón está aprendiendo rápido y se ha afinado de tipo. Las manos cada vez coordinan mejor y las muñecas van más sueltas. Son demasiados pequeños detalles que hay que pulir. Rubén observa a su compañero de entrenamientos y con una humildad exquisita, le pide por favor que le deje la muleta en la cara al animal. Después le pide todo lo contrario para ver cómo reacciona. Aarón escucha y aprende. Su toreo poco a poco va cogiendo el poso del buen gusto.

Es una gozada ver torear a Rubén, que aunque confiesa que no le hace gracia este tipo de ganado, se lo está pasando de lujo con la segunda becerra. Tiene mucho ritmo y le deja hacer. Lleva muchos años en esto y cuando un animal no quiere tela, no se la aparta de la cara: Son añojas porque de eralas ya  no tienen un muletazo, pero aun así, si te arrean,  hacen daño.

La tarde va pasando. En Madrid los de Fuente Ymbro están haciendo sudar al bueno de Ureña y el tendido es poco agradecido con este tipo de toreros. Perera pasa como si no estuviera y a Fernando Adrián le esperan con la escopeta cargada, pero esta tarde está dando la cara.

Se me ocurre decirle a Aarón y Rubén que improvisen, que se dejen llevar y en los últimos animales echamos un buen rato viendo como prueban cosas que salen directamente del espíritu. Supongo que eso es lo que hace Morante, así que... por qué no?

Termina el tentadero, no hay hotel, no hay canapés ni copas de vino. El ganadero nos obsequia con unas pastas cuya ingesta declino no por falta de hambre sino por vergüenza. Charlamos animadamente sobre lo que ha dado de sí el ganado y regresamos a casa. No sonará el teléfono para torear la siguiente y no hará falta leer las crónicas de los plumillas, pero Aarón y Rubén, esta tarde han sido tan felices de poder hacer lo que realmente les satisface, que no se cambiarían por nadie.

Godot vendrá mañana.

Él se lo pierde.










sábado, 16 de mayo de 2026

Baltasar Ibán: El Cortijo de Bastonito y Santanero

 



Tengo muy mala memoria, pero recuerdo el nombre de unos cuantos toros que me han dejado huella. Dos de ellos disfrutaron de los pastos del Cortijo Wellington, al pie de El Escorial. 

Bastonito un toro protestado de salida por enjuto, protagonizó una de las batallas más épicas que se recuerdan en la historia de la plaza de Las Ventas, guerreando contra un torero macho: César Rincón. Aquello fue un combate de bravos a los que les daba igual vivir que morir en el ruedo. Recomiendo a los más jóvenes que busquen en internet aquella faena, me lo van a agradecer.

Santanero no era toro, era novillo. Se lidió en Arnedo, en mi querido Zapato de Oro y sólo lo puedo definir con una palabra: Bravo. Tan bravo que consiguió ser indultado, más por méritos propios que por los de su lidiador.  

Jose Antonio Moratiel, con quien mantengo una charla entretenida durante la visita (de lo divino, de lo taurino y de lo humano) me cuenta que Santanero padreó como un campeón y que el producto fue muy bueno.

Estamos a principios de mayo y aunque la meteorología no acompaña, la belleza del Cortijo es incomparable. Los toros están ya acostumbrados a las visitas, que se han organizado con esmero  y cuidando hasta el último detalle y al menos no huyen al otro extremo de los cercados. Tienen cara de malotes de película hasta los novillos y sobre todo denotan personalidad, esa personalidad que hace que esta ganadería sea valorada como encaste propio, si bien el origen Contreras se adivina perfectamente en muchos pelajes y morfologías. Este año no hay toros con el trapío que merece San Isidro, pero los ibanes, ya han pasado por la Copa Chenel, demostrando que van a seguir vendiendo cara su vida, en cualquiera de los abundantes ruedos que van a pisar.

Había estado antes en la finca y como afirma Domingo, el mítico mayoral, los tentaderos allí no son cualquier cosa, las becerras "arrean" lo suyo y más de uno, sobre todo si son noveles, se va alguna vez sin pegar un muletazo porque las vacas se te quieren comer.


















domingo, 10 de mayo de 2026

Conde de Mayalde: De sangre Noble



Entrar en el Castañar es lo más parecido a abrir un libro de cuentos de hadas en el que las princesas son toros de lidia. Un imponente Palacio, todavía habitado por el actual Duque de Pastrana, preside una vasta extensión de idílico terreno que termina más allá de donde nos alcanza la vista.  Un sinfín de conejos y perdices nos flanquean el camino que nos conduce al corazón de la ganadería actualmente  dedicada, entre otros muchos usos, a eventos cinegéticos.


Conde de Mayalde a día de hoy mantiene la sangre Contreras muy mezclada con Juan Pedro, vía El Ventorrillo, pero las capas y la morfología, siguen delatando que la Casta Vistahermosa es un gen muy dominante.

Curiosamente este año la lluvia del invierno no ha propiciado la abundancia de esa hierba nutriente  de primavera. No ha faltado agua, pero no ha venido en la época propicia. En tanta superficie, los animales viven en su otro palacio, el campo bravo. No necesitan corredero porque la extensión es tan grande y tan plana (hasta llegar a la zona de monte), que con un par de caballistas se les mueve sin problema alguno.

La primavera está dejando un ramillete tal de colores, que mezclados con los de los animales, consiguen que el visitante no quiera irse de allí.

Hay toros de saca imponentes y casualmente, esta tarde veremos alguno en el ruedo de las Ventas. 

Vamos al lío. 

¡Que embistan!

P.d.- Un saludo a los amigos de  Almazán, que hacían su primera visita a una ganadería, aunque creo que después de lo que han visto, no va a ser la última.