Esta tarde hay toros en Las Ventas, pero les ha salido un tentadero. Es ganado de la tierra, sin embargo, un tentadero es un tentadero y no pilla demasiado lejos de casa, así que buena oportunidad para ponerse delante. Mientras los tres elegidos para Madrid se visten de luces, Rubén y Aarón se enfundan sus camisas "toreras" y unos zapatos de tentar que detesto, pero por lo visto, a ambos les resultan incómodos los botos.
Veintidós mil almas colman la primera plaza del mundo, en la finca cuento nueve personas, incluidos el ganadero y su hijo. Nadie lleva un clavel en el ojal y no corren los gin-tonics por la barrera de la placita de tientas portátil. Agua para limpiar el polvo de la garganta y poco más. Los ganaderos son gente afable y cariñosa, visten como viste cualquier persona que va a trabajar en el campo y no hay ni sombrero ni cuaderno de notas (para eso está la cabeza). Enchiqueramos las becerras mientras en Las Ventas del Espíritu Santo se ultiman los detalles y se da el postrero manguerazo a la arena. Nosotros tragaremos sol y polvo, eso sí, hay unas pocas "entradas" de sombra al cobijo del único árbol que allí crece.
Dan puerta a la primera becerra y compruebo mis escapatorias fuera de la portátil porque alguna vaca puede andar saltarina y soy objetivo fácil. Lejos de "pegar bocaos" las dos primeras becerras son excelentes.
Aarón está aprendiendo rápido y se ha afinado de tipo. Las manos cada vez coordinan mejor y las muñecas van más sueltas. Son demasiados pequeños detalles que hay que pulir. Rubén observa a su compañero de entrenamientos y con una humildad exquisita, le pide por favor que le deje la muleta en la cara a la becerra. Después le pide todo lo contrario para ver cómo reacciona. Aarón escucha y aprende. Su toreo poco a poco va cogiendo el poso del buen gusto.
Es una gozada ver torear a Rubén, que aunque confiesa que no le hace gracia este tipo de ganado, se lo está pasando de lujo con la segunda becerra. Tiene mucho ritmo y le deja hacer. Lleva muchos años en esto y cuando un animal no quiere tela, no se la aparta de la cara: Son añojas porque de eralas ya no tienen un muletazo, pero aun así, si te arrean, hacen daño.
La tarde va pasando. En Madrid los de Fuente Ymbro están haciendo sudar al bueno de Ureña y el tendido es poco agradecido con este tipo de toreros. Perera pasa como si no estuviera y a Fernando Adrián le esperan con la escopeta cargada, pero esta tarde está dando la cara.
Se me ocurre decirle a Aarón y Rubén que improvisen, que se dejen llevar y en las últimas becerras echamos un buen rato viendo como prueban cosas que salen directamente del espíritu. Supongo que eso es lo que hace Morante, así que... por qué no?
Termina el tentadero, no hay hotel, no hay canapés ni copas de vino. El ganadero nos obsequia con unas pastas cuya ingesta declino no por falta de hambre sino por vergüenza. Charlamos animadamente sobre lo que han dado de sí los animales y regresamos a casa. No sonará el teléfono para torear la siguiente y no hará falta leer las crónicas de los plumillas, pero Aarón y Rubén, esta tarde han sido tan felices de poder hacer lo que realmente les satisface, que no se cambiarían por nadie.
Godot vendrá mañana.
Él se lo pierde.
