Por supuesto que es oportunismo, pero no me digan ustedes que lo de ayer en Sevilla de Pablo Aguado, no fue una obra de arte de una importancia tal, que el borrón con la firma de la espada pronto se olvidará. No se trata de dos o tres orejas o de una Puerta del Príncipe más o menos, se trata del reencuentro con esa musa tan esquiva con el torero, que hasta nos hizo dudar (a mi mucho) de si se habría ido para siempre después de aquella tarde de mayo de 2019.
Desgraciadamente no me da la cosa como para cerrar un círculo, ójala, pero de los que habitualmente se visten de luces, sólo tengo tres (de los otros tengo más) y para quien me diga que Juan Ortega podría romper ese triángulo, no lo voy a negar: podría, pero a día de hoy me falta profundidad y sentimiento para amalgamar tanta belleza. Más adelante, Dios proveerá.
Y es que Morante es Morante, pero no me negarán quienes tuvieron el privilegio de degustar la actuación de Urdiales en la Ribera, que el sabor que tiene este torero y la perfecta naturalidad (aunque parezca un contrasentido) que ha conseguido, hacen que haya unas cuantas suertes en las que uno y otro no son comparables. Barroquismo sin imposturas, frente a naturalidad buscada pero nunca forzada. Nunca dos conceptos tan diferentes se complementaron tanto en su particular y personal búsqueda de la esencia del toreo.
Siento a Aguado en la misma mesa porque ayer, otra vez y creo que después de mucho tiempo buscando, aunó la naturalidad, la elegancia, la personalidad, la inspiración y el ingenio de quien escribe al dictado del alma.
Uno de mis cuadros favoritos, es un tríptico: El Jardín de las Delicias de El Bosco. Ninguna de las tres partes del cuadro se parece a la otra y ninguna sobra, al contrario, no se entenderían las unas sin las otras.
P.d.- Si cierran el tríptico, podrán contemplar la creación del mundo.
Las fotos, como en otras muchas ocasiones, han sido cedidas gratuitamente por el polifacético Carmelo Bayo Calvo: Lo mismo se trajina unas lentejas, que unos naturales de Urdiales, o se pinta una Giocconda con rastas y un tatoo de Romero en el cuello.




