sábado, 30 de mayo de 2026

Vayan a ver a Urdiales

Foto: Plaza 1

 

Cuando llevas muchos años viendo toros y toreros, tus gustos necesariamente se definen. Hay tardes en las que uno va a la plaza por simple inercia y otras que realmente apetecen. Mis vecinos de tendido el día de la Corrida de la Prensa, comentaban que "les gustaría ir alguna vez a esa plaza francesa que es un circo romano, o hacer un viajecito a ver toros en el Coso de Insurgentes" (ojalá). Eran abonados del uno y al parecer, no venían a todo el ciclo, si no aquellas tardes en las que la terna resultaba más conocida para el público en general. Su objetivo el jueves era ver triunfar a Roca Rey. Urdiales les sonaba de haberlo visto en otras ocasiones y por supuesto Aloi para ellos era un desconocido. Sus comentarios ante las arengas del implacable tendido siete, por supuesto eran despectivos, pero en voz baja y con un puro en la boca.

Eso es Madrid, una plaza en la que caben veintidós mil opiniones, una auténtica jaula de grillos, en la que un tendido, o una serie de grupos de ese tendido, escenifican airadamente una protesta, o te regalan unos olés profundos que suenan con la misma fuerza que la quinta de Beethoven. A veces se otorgan orejas baratas, racaneándose en otras ocasiones y por la razón que sea, hay faenas merecedoras de algo más que de la indiferencia, que no calan en el respetable y entonces el comentario general es de la guisa de "Madrid no se ha enterado", porque no sé si nos damos cuenta, pero no son sólo los actuantes, sino toda la masa que forma la plaza, los que están sometidos a un juicio de valor, en este caso, de los televidentes.

Si no existiesen esos aficionados del llamado siete y los de las gradas superiores, posiblemente el deterioro taurino de la plaza estaría mucho más acentuado de lo que lo está y las figuras vendrían a Madrid con algo menos de tensión y respeto.

No digo yo que tengan razón en todas las ocasiones: El vademécum del toreo no consiste en bajar siempre la mano y si se cae el toro, que se caiga, o que el "silbador" de la colocación acierte al cien por cien en soltar su "pitito" cuando cree que el torero está "fuera de cacho", o que sobrepasar en dos centímetros la raya de picar sea una violación del reglamento acreedora de doce latigazos, pero sí que es verdad, que todas esas "impertinencias" sirven para que la plaza mantenga cierta hegemonía y para que los que aceptan el reto y triunfan en ella, saboreen esos olés venteños como si fuesen angulas recién pescadas.

A Urdiales el otro día se le midió, a Roca Rey en su primer toro llegaron a desconcentrarlo y no le perdonarán el haber cortado una oreja a su segundo después de un pinchazo. No me digan que no tiene que ser bonito a nivel personal y taurino superar ese reto.

Los toreros, precisamente porque son toreros, saben mucho más de esto que cualquiera de nosotros, pobladores de un tendido sin miedo a que nos arranque la cabeza un toro. Pero aún así, aun sabiendo mucho más, necesitan de nuestra aprobación y sobre todo de la de aquellos con opiniones más radicales. La razón es, creo que sencilla: Torear para uno mismo está bien, pero si ese toreo no trascendiese, sería como si Goya hubiese pintado los fusilamientos y acto seguido hubiese quemado el cuadro para que no lo viese nadie. Decía una vez Javier Cansado, la pareja profesional de Faemino, que en un teatro lleno, lo que más les mosquea es que haya quinientas personas aplaudiendo y uno, el de la fila siete asiento trece, que está allí como un pasmarote sin hacer ademán alguno.

El pasado jueves, el Maestro Urdiales (creo que por más de una razón  ya se merece el grado), hizo un quite a su segundo en los medios y Madrid, todo Madrid, rugió.

Y cuando veintidós mil almas opinan lo mismo, por algo será.

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