lunes, 10 de agosto de 2020

Núñez del Cuvillo: En el corazón del viento

 

Un cuatro de agosto, no es precisamente la mejor fecha para visitar una ganadería, pero tampoco "se podía saber" que a estas alturas de año, uno de los hierros con mayor número de ejemplares, hubiese lidiado tan solo una corrida. "El grullo" compatibiliza los gigantes del siglo XXI que habrían hecho dar espuela a Don Alonso Quijano, con un montón de toros y fauna. Gracias a la abundancia de pasto, los animales no han corrido la misma suerte, mala suerte, que otros muchos de diferentes ganaderías. 



 

El orden en los cercados, no es el escrupuloso de otros años. Las circunstancias han impedido que la ganadería sea una sinfónica  en la que cada instrumento tiene su sitio. Hay toros de supuesta saca aquí y allá y obviamente las corridas no están apartadas.

Los animales están activos cuando el sol se está rindiendo, pero aún así, permiten las cercanías con el humano, si bien, se barruntan ya las peleas que tendrán lugar durante la noche porque el levante, también hace estragos en sus cabezas.

 

Don Joaquín sigue viviendo en este lugar, rodeado de toros y perdices, en compañía de su esposa, de la que me cuentan, tiene un sexto sentido para la selección en los tentaderos.

 

Nuestra visita se inicia de menor a mayor, primero los más jóvenes, después los cuatreños. Advertimos en erales y utreros capas espectaculares que reivindican el pasado de la ganadería.




 

Entre los toros de saca también hay capas muy llamativas y animales muy serios y bien armados, si bien todavía falta un poco de remate, dado que las corridas se van preparando según van surgiendo. 









 Ya falta menos.

lunes, 4 de mayo de 2020

Miedo




El origen etimológico de la palabra "miedo" no es excesivamente interesante, al menos yo, no he descubierto ninguna historia bonita que contar sobre su raíz latina "metus". Pero lo que viene significando durante estos meses supongo y sinceramente, espero, no dejará indiferente a nadie.
Me descubrí a mí mismo hace unas semanas contándole a unos cuantos amigos a través de videoconferencia, el verdadero temor que me invadía por aquello de ser persona de las llamadas "de riesgo".  Entre esos amigos estaba un torero y lo cierto es que no me di cuenta de que le estaba explicando lo que era el miedo a alguien que cada vez que pisa un callejón, lo tiene.
Si comparamos mi miedo con el suyo, el mío es una fruslería aunque no sea nada más que por cálculo de probabilidades, si bien es cierto que a mi favor puedo alegar que mi miedo es mío.
Han ido pasando las semanas y ha muerto tanta gente que no puedo evitar el nudo del estómago cada vez que pienso en ellos, en los que se han ido sumidos en una soledad pavorosa. Supongo que morir solo, tendrá mucho que ver con morir de miedo. Sé que este pensamiento no es agradable, pero más desagradable sería el olvido.
Y qué decir de aquellos para quienes esta situación no ha supuesto más que una triste operación matemática: el miedo elevado, como mínimo, al cuadrado. Aquellos enfermos que ya tenían miedo a morir antes de que llegase este otro miedo.
Después de escribir todo esto, se me antoja que sólo hay algo peor que el miedo. Se llama resignación, esa en la que nos vemos inmersos quienes no tenemos la obligación de luchar.
Mi admirado Panero, en su "Teoría del miedo" explica todo esto mucho mejor que yo:

            No sé si tortuga o tumba
         muerto o vivo, muerto o vivo
            no sé si ángel o desastre
         muerto o vivo, muerto o vivo
            no sé si espíritu u oruga
         muerto o vivo, muerto o vivo
      no sé si alucinación en lo oscuro
           o premio para el desastre
        la vida es un mal pensamiento
           este poema que aún supura.

Cuidaos mucho.

domingo, 8 de marzo de 2020

Ganar un bolsín

Foto: Alfonso Yustes

Hace pocas fechas asistí a mi cita anual con los tentaderos clasificatorios del Zapato de Plata en Guarromán. Este año, por cuestiones presupuestarias, el bolsín se alía con el de la Federación Taurina Riojana, lo cual y dados los tiempos que corren, me parece la solución menos mala, porque al menos se conserva uno de los dos eventos taurinos. Las eliminatorias se celebraron en la ya típica ganadería de  "Los Ronceles" y en la centenaria "Flores Albarrán" que nos ofreció un tentadero santacolomeño sencillamente espectacular.
Las vacas de Los Ronceles, fuertes, bien armadas y en puntas, exigían mucho valor para pasarse cerca su volumen y sus pitones, además de técnica para sobreponerse a los problemas que planteaban. Las de Flores Albarrán muy bravas, con mucha clase en el caballo y con esas típicas embestidas del encaste que requieren del difícil componente de la dulzura para ser ahormadas.
Ayer me desplacé a Cariñena para pasar frío, comerme unos "boliches" en muy buena compañía y ver un bolsín que también se organiza de maravilla. Entre las añojas de don Francisco Murillo, hubo de todo, pero las que salieron con clase, aun faltándoles humillación, tenían ese ritmo que permite disfrutar a las chavalas y chavales.
El nexo de ambos bolsines, como el de todos, y creo que lamentablemente,  es la competitividad, que no competencia.
Soy de naturaleza tímida, pero aún así y desde hace ya unos cuantos años, siempre que veo a algún aspirante  sin posibilidades de ganar el certamen, pero con un concepto que se aproxima a lo que yo siento que debe ser el toreo, me suelo acercar para hablar con él y animarle. Lo hago por egoismo, ya que lo que busco es que no se pierda ese pequeño frasco de esencia que hoy en día está tan repartida.
Me comentaba en Guarromán mi querido Gonzalo Bienvenida, que había un novillero que se acordaba de las palabras que le dije y que le sirvieron mucho. La alegría fue tremenda porque verlo un par de años después clasificándose para la final sin abandonar su "esencia" indica que el camino es más largo y quizá también más duro, pero acaba teniendo recompensa.
En el arte no existe  la competición. No existen los primeros clasificados en arte porque no es medible, aunque sí subjetivamente valorable.
Ayer precisamente se lo comentaba a una chica y un chico que querían ser toreros: 
-Lo que tú sientes abajo, es lo que trasciende arriba. Si no lo sientes, no trasciende.
Y si hablamos de arte y sentimiento... ¿qué debiera significar ganar?. Creo que como mucho, un refuerzo personal, algo que te indica que estás transmitiendo buenas sensaciones y que tu creación es bella en tanto trasciende a los demás en esa forma.
Si hablamos de competición, ganar es un logro, es alcanzar una meta, es lograr el "citius altius fortius" que te otorgará prestigio social y posiblemente dinero. La opción es respetable, pero poco tiene que ver con el arte, y el toreo qué es, sino el arte de dominar la naturaleza a través de lo bello.
Es muy difícil que los que aspiran a ser figuras, incluso muchas de las figuras actuales, entiendan esto, pero no por ello los que buscamos algo más en la lucha entre un toro y un torero, debemos rendirnos.
Ayer me llamó la atención Jesús Romero por su buen concepto. No ganó, pero creó.

lunes, 20 de enero de 2020

Chaves Nogales: Cerrando el círculo




Es el año del Rey de los Toreros, de Joselito el Gallo. Lo tengo muy presente, le admiro como el que más y reconozco que la obra de Paco Aguado que pude leer gracias a un benefactor desinteresado, le rinde el merecido tributo que no se le ofreció en su época. Pero soy de Juan, supongo que porque me gusta lo improvisado, lo que surje, lo que encoje el corazón no por perfecto, sino por profundo.

También reconozco que Chaves Nogales contribuyó al mito, pero la grandeza como torero de Juan Belmonte hubiese sido la misma, aunque obviamente menos conocida, si no se hubiesen escrito magistralmente aquellas entregas periódicas sobre la vida de un matador de toros. No entraré en la diatriba de si Juan es producto de José, aunque sí afirmo que el Gallo ya era grande sin Juan.
Belmonte ha sido mi obsesión durante unos cuantos años, hasta el punto de que creo que estoy cansado de pensar al Pasmo. Cuando lo conocí a través de la obra de Chaves, ya me cautivó. Pero paradójicamente se hizo mucho más grande ante mis ojos al leer a Bergamín y a Aguado escribir de él a través del de Gelves.

Y entonces comenzó mi búsqueda. Ya no me bastaba con conocer al torero, quería a la persona y sobre todo descifrar los porqués de su vida y de su muerte. Leer me dio conocimiento, pero no me dio luz.
Recuerdo aquella mañana en la que cogí el autobús en la Puerta Osario para ir al cementerio de San Fernando, pocos visitantes en el inmenso camposanto, ni siquiera en ese llamativo rincón de los toreros entre los que destaca la comitiva que porta a Gallito muerto. Cuando llegué a la tumba de Belmonte, más propia de un Elvis que de un torero, fui incapaz de acercarme a tocarla. Aun así, me habló, y por no desvelar conversaciones privadas, diré únicamente que aquel día Juan "no recibía".
Poco tiempo después volví a escuchar la grabación de su voz en una pequeña entrevista que hay colgada en internet y por fin disipé toda duda sobre su muerte. A pesar de lo mucho que se ha escrito y de lo mucho que se cuenta, yo tengo mi certeza, pero en mí queda.
Un sol abrasador me recibió en Gómez Cardeña una tarde de verano. Por fuera está  prácticamente igual que cuando él vivía. Creo que en su interior se han hecho algunos cambios, pero la placita de tientas y la ventana que la observa ahí siguen. Lo imaginé saliendo de aquella puerta para subir en el caballo que le tenían preparado, como también lo imaginé enfundado en su  negra túnica y negro capirote la primera vez que vi peregrinar al Cachorro por las calles de Sevilla.
Hoy, en este lejano cementerio, visito al otro fumador empedernido que hizo que la historia de un torero frágil fuese parte de mi vida. El Chaves Nogales del Maestro Juan Martínez, descansa en un anonimato que cada vez lo es menos porque la historia le está haciendo justicia, esa en la que él creía, la verdadera, la del pueblo, esa que le llevó a ser odiado por todos aquellos que solo veían rencor entre los dos lados de una misma moneda. No me cabe la menor duda de que hoy volvería a ser condenado por su profunda decepción con las dos Españas.
Me pregunto si Juan supo de la muerte de Chaves con tiempo suficiente para llegar a su entierro. Supongo que no estuvo allí, pero no por cobardía, creo que a Belmonte le hubiese dado igual morir por eso. Lloró mucho a José y creo que jamás olvidó a Manuel Chaves Nogales, porque interiorizó tanto a aquel héroe que describió el periodista, que llegó a suplantarlo.

Leo en voz alta un párrafo de la historia mejor contada sobre las andanzas de un niño que aprendió a ser torero. Hace poco le recitaron aquí mismo el prólogo de "A sangre y fuego", pero creo que la historia y él, también le deben mucho a su "Juan Belmonte, Matador de Toros".
Aquí, ante esta tumba sin nombre, con los incesantes ecos de Londres, termina mi búsqueda.



(Una flor amarilla, que es lo único que se podía robar vivo en un cementerio y una ramita de romero español)

(Dedicado a Tatiana Beca Osborne, porque un pequeño favor puede llenar de significado un largo viaje)

lunes, 6 de enero de 2020

2020. Vamos al lío..., o no.


Por mucho que insistan algunos en que los urdialistas somos muy "reiterativos", con esos dos de la foto, he aprendido más de toros que leyendo el Cossío hace treinta años, cuando me dio por escaparme a diario a la Biblioteca Municipal y tomar notas de las capas de los  astados o de las gestas del toro "Caramelo" .
Un viejo profesional de lo mío, que queda muy lejano al mundo del toro, me dijo cuando empezaba, que para vivir de mi trabajo debía respetar dos máximas. La que interesa y viene al caso es "seguir creciendo, nunca estancarse".
El día en que mi querido Carmelo tomó esa fotografía que veis en la parte superior, una leyenda del toreo dijo algo así como que el tiempo de la reflexión que otorga colgar estoque y muleta, le enseña a uno a ser mejor persona, pero no por alejarse del toro, sino por seguir unido a él a través de un punto de vista menos subjetivo. Lo entendí a la perfección porque creo que un torero tiene que tener ego y tal vez ese amor por lo que es capaz de hacer uno mismo, impida ver el resto de matices que conforman el ser. 
Ese ego que algunos pueden interpretar como insolencia, es el que hace que el binomio Villalpando-Urdiales, permanezca en el tiempo y lejos de debilitarse, se haya revalorizado y lo que es más importante e insólito, les haya enseñado a conocerse a sí mismos y a saber ofrecer "a cada uno lo suyo", llegando a una generosidad sin límites (y no me refiero a nada material). El respeto a la profesión, el respeto a uno mismo, la sinceridad y el afán de superación, consiguen que año tras año, estos dos que van por libre, sobrevivan a todos los ataques de un sistema que quiere dictar unas normas que hay que acatar para no quedarse fuera.
La temporada está a la vuelta de la esquina y pese a que posiblemente no haya nada, o casi nada hecho (sobre eso no pregunto), ninguno de los dos da la menor muestra de preocupación. Villalpando a costa de lamerse durante tantos años las heridas, es perro viejo, muy paciente y confía plenamente en que vende oro del bueno en un mercado en el que escasean los quilates, y sin ser ajeno a las dificultades que acarrea acartelar a Urdiales en las ferias en la posición que merece  (lo "otro" es relativamente sencillo), espera.
Por su parte, el Torero sigue empeñado en torear cada día mejor y con eso le sobra. Con media docena de muletazos dice más que otros muchos con treinta y tiene su sitio ganado a sangre y fuego. Si no se lo dan..., seguirá entrenando mientras eso le haga feliz y si se lo dan, seguirá demostrando que una vez más, y ya van muchas, él tenía razón.