lunes, 20 de enero de 2020

Chaves Nogales: Cerrando el círculo




Es el año del Rey de los Toreros, de Joselito el Gallo. Lo tengo muy presente, le admiro como el que más y reconozco que la obra de Paco Aguado que pude leer gracias a un benefactor desinteresado, le rinde el merecido tributo que no se le ofreció en su época. Pero soy de Juan, supongo que porque me gusta lo improvisado, lo que surje, lo que encoje el corazón no por perfecto, sino por profundo.

También reconozco que Chaves Nogales contribuyó al mito, pero la grandeza como torero de Juan Belmonte hubiese sido la misma, aunque obviamente menos conocida, si no se hubiesen escrito magistralmente aquellas entregas periódicas sobre la vida de un matador de toros. No entraré en la diatriba de si Juan es producto de José, aunque sí afirmo que el Gallo ya era grande sin Juan.
Belmonte ha sido mi obsesión durante unos cuantos años, hasta el punto de que creo que estoy cansado de pensar al Pasmo. Cuando lo conocí a través de la obra de Chaves, ya me cautivó. Pero paradójicamente se hizo mucho más grande ante mis ojos al leer a Bergamín y a Aguado escribir de él a través del de Gelves.

Y entonces comenzó mi búsqueda. Ya no me bastaba con conocer al torero, quería a la persona y sobre todo descifrar los porqués de su vida y de su muerte. Leer me dio conocimiento, pero no me dio luz.
Recuerdo aquella mañana en la que cogí el autobús en la Puerta Osario para ir al cementerio de San Fernando, pocos visitantes en el inmenso camposanto, ni siquiera en ese llamativo rincón de los toreros entre los que destaca la comitiva que porta a Gallito muerto. Cuando llegué a la tumba de Belmonte, más propia de un Elvis que de un torero, fui incapaz de acercarme a tocarla. Aun así, me habló, y por no desvelar conversaciones privadas, diré únicamente que aquel día Juan "no recibía".
Poco tiempo después volví a escuchar la grabación de su voz en una pequeña entrevista que hay colgada en internet y por fin disipé toda duda sobre su muerte. A pesar de lo mucho que se ha escrito y de lo mucho que se cuenta, yo tengo mi certeza, pero en mí queda.
Un sol abrasador me recibió en Gómez Cardeña una tarde de verano. Por fuera está  prácticamente igual que cuando él vivía. Creo que en su interior se han hecho algunos cambios, pero la placita de tientas y la ventana que la observa ahí siguen. Lo imaginé saliendo de aquella puerta para subir en el caballo que le tenían preparado, como también lo imaginé enfundado en su  negra túnica y negro capirote la primera vez que vi peregrinar al Cachorro por las calles de Sevilla.
Hoy, en este lejano cementerio, visito al otro fumador empedernido que hizo que la historia de un torero frágil fuese parte de mi vida. El Chaves Nogales del Maestro Juan Martínez, descansa en un anonimato que cada vez lo es menos porque la historia le está haciendo justicia, esa en la que él creía, la verdadera, la del pueblo, esa que le llevó a ser odiado por todos aquellos que solo veían rencor entre los dos lados de una misma moneda. No me cabe la menor duda de que hoy volvería a ser condenado por su profunda decepción con las dos Españas.
Me pregunto si Juan supo de la muerte de Chaves con tiempo suficiente para llegar a su entierro. Supongo que no estuvo allí, pero no por cobardía, creo que a Belmonte le hubiese dado igual morir por eso. Lloró mucho a José y creo que jamás olvidó a Manuel Chaves Nogales, porque interiorizó tanto a aquel héroe que describió el periodista, que llegó a suplantarlo.

Leo en voz alta un párrafo de la historia mejor contada sobre las andanzas de un niño que aprendió a ser torero. Hace poco le recitaron aquí mismo el prólogo de "A sangre y fuego", pero creo que la historia y él, también le deben mucho a su "Juan Belmonte, Matador de Toros".
Aquí, ante esta tumba sin nombre, con los incesantes ecos de Londres, termina mi búsqueda.



(Una flor amarilla, que es lo único que se podía robar vivo en un cementerio y una ramita de romero español)

(Dedicado a Tatiana Beca Osborne, porque un pequeño favor puede llenar de significado un largo viaje)

lunes, 6 de enero de 2020

2020. Vamos al lío..., o no.


Por mucho que insistan algunos en que los urdialistas somos muy "reiterativos", con esos dos de la foto, he aprendido más de toros que leyendo el Cossío hace treinta años, cuando me dio por escaparme a diario a la Biblioteca Municipal y tomar notas de las capas de los  astados o de las gestas del toro "Caramelo" .
Un viejo profesional de lo mío, que queda muy lejano al mundo del toro, me dijo cuando empezaba, que para vivir de mi trabajo debía respetar dos máximas. La que interesa y viene al caso es "seguir creciendo, nunca estancarse".
El día en que mi querido Carmelo tomó esa fotografía que veis en la parte superior, una leyenda del toreo dijo algo así como que el tiempo de la reflexión que otorga colgar estoque y muleta, le enseña a uno a ser mejor persona, pero no por alejarse del toro, sino por seguir unido a él a través de un punto de vista menos subjetivo. Lo entendí a la perfección porque creo que un torero tiene que tener ego y tal vez ese amor por lo que es capaz de hacer uno mismo, impida ver el resto de matices que conforman el ser. 
Ese ego que algunos pueden interpretar como insolencia, es el que hace que el binomio Villalpando-Urdiales, permanezca en el tiempo y lejos de debilitarse, se haya revalorizado y lo que es más importante e insólito, les haya enseñado a conocerse a sí mismos y a saber ofrecer "a cada uno lo suyo", llegando a una generosidad sin límites (y no me refiero a nada material). El respeto a la profesión, el respeto a uno mismo, la sinceridad y el afán de superación, consiguen que año tras año, estos dos que van por libre, sobrevivan a todos los ataques de un sistema que quiere dictar unas normas que hay que acatar para no quedarse fuera.
La temporada está a la vuelta de la esquina y pese a que posiblemente no haya nada, o casi nada hecho (sobre eso no pregunto), ninguno de los dos da la menor muestra de preocupación. Villalpando a costa de lamerse durante tantos años las heridas, es perro viejo, muy paciente y confía plenamente en que vende oro del bueno en un mercado en el que escasean los quilates, y sin ser ajeno a las dificultades que acarrea acartelar a Urdiales en las ferias en la posición que merece  (lo "otro" es relativamente sencillo), espera.
Por su parte, el Torero sigue empeñado en torear cada día mejor y con eso le sobra. Con media docena de muletazos dice más que otros muchos con treinta y tiene su sitio ganado a sangre y fuego. Si no se lo dan..., seguirá entrenando mientras eso le haga feliz y si se lo dan, seguirá demostrando que una vez más, y ya van muchas, él tenía razón.

domingo, 10 de noviembre de 2019

La regresión de Fortes





Bill Fay tiene largos dedos y barba de genio chiflado que arropa su piano de cola. Durante los locos 70, fue aclamado por la crítica, pero recibió dos cornadas en forma de vinilo que le enviaron  al ostracismo. Su música personal e intimista habría de pasar por el calvario de compartir cama con la rutina de la jardinería o la reposición de material en supermercados. Cuarenta y un años después, viviendo casi en la indigencia, pero no dejando de componer ni un solo día,  reencuentra su sitio en el mercado musical con un disco titulado "who is the sender" y ahora sí, es también aclamado por un público alejado de modas y rendido a un concepto y una forma de hacer muy personales. ¿El secreto? conectar sus dedos directamente al corazón.

Fortes también tiene los dedos muy largos. Su sombra, la de los dedos, se proyecta en las paredes de la cava subterránea de la librería "Sin Tarima" evocando en mi mente la famosa escena  del vampiro Nosferatu. El periodista Carmelo López dirige el afable coloquio apadrinado por La Orson.

 El aspecto del torero no ha cambiado demasiado desde aquel 2.010 en el que nos dio un serio toque de atención por su buen toreo en el ciclo del Zapato de Oro en Arnedo. Es tímido, sereno y muy reflexivo. Este año ha tendido tiempo, por cuestiones de salud, de acudir al rincón de pensar al que virtualmente yo envío a aquellos toreros en quienes deposito mis esperanzas y no terminan de explotar. No es el caso de Saúl, a él no lo he mandado, fue voluntariamente y el sábado descubrí que estaba allí desde hacía mucho más tiempo del que yo creía. Es un torero de los que  denomino como "buscadores", que por fin parece haber encontrado su camino, el más difícil pero el más sencillo: el de la inocencia, el del volver a sus inicios, el de la naturalidad. Nada forzado, nada planeado, todo instinto arropado levemente en la técnica para que esos largos dedos (tiene que ser difícil colocarlos para sentir la tela en sus yemas) conecten con su corazón.

Como dijo Carmelo, Fortes es un "estraperlista del más allá", alguien que ha esquivado muchas veces la fatalidad, alguien que ha vuelto de la nada, como Bill Fay, para quedarse y para emocionar al público, ese público que él afirma y tiene razón, no ve desde su localidad la mirada de un toro, que pese a lo que digan los demás, es mucho más tenebrosa algunas veces que sus afiladas astas. Pero a pesar de todo eso, y como sentenció una vez el Viti ( lo que dice el Viti es ley del toreo) "el público siempre tiene razón aunque no la tenga" porque llega un día en que ese mismo público que se ha ido por un camino equivocado, vuelve y acaba reconociendo aquello que realmente es verdad y arte a la vez, porque el toreo es un ejercicio interior que tiene que ser contemplado por los que ocupan el cemento, para acabar trascendiendo.

sábado, 26 de octubre de 2019

Ganaderia "Los Maños": Mayoría de edad



Ya no es esa ganadería joven que por su ubicación en tierras aragonesas, su origen santacolomeño y sus vibrantes arrancadas  nos sorprendió a todos. Los Maños es ya una realidad, los añojos y los erales, se hacen también mayores y la dificultad va en aumento: a mayor edad, más complicado es todo.





Este pasado verano, gracias a la gentileza del Club Taurino de Arnedo, tuve la posibilidad de disfrutar de este ganado que pasta en los escondidos montes del término municipal de Luesia. El calor pegaba de lo lindo y el terreno estaba seco como un sarmiento viejo.





El entorno de la ganadería es espectacular para el visitante, ya que predomina el monte bajo con abundantes cuestas y zonas de árboles, donde los animales, de naturaleza muy huidiza, tratan de evitarnos, mientras el ganadero sube y baja terraplenes andando como quien cruza un paso de cebra.






Los ejemplares son a cual más bonito, y la bravura de la camada de este año ha quedado patente en cada plaza en la que ha salido al ruedo un "Maño". Me encantaría ver una novillada suya en Arnedo  el año que viene. Mimbres, los hay.






lunes, 21 de octubre de 2019

La soledad de los Lisardos (Viaje del Club Taurino de Alfaro a "Los Bayones")



Muchos hierros míticos, demasiados, no encuentran su sitio en el toreo de hoy. Los Bayones, esa ganadería salmantina que antaño fuera imprescindible en todas las ferias de importancia, lucha ahora por mantenerse. Su base el "otro" ganado:


Cuando uno ve la magnífica extensión de terreno de la que disfruta la ganadería, desea que estos toros cornalones y de gran caja, vuelvan por sus fueros y que alguna figura, los elija como su mantra tarde tras tarde





Nos acompañaron, en un buen tentadero, un riojano de Alfaro que apunta muy muy alto porque cada vez que le veo torea mejor: Fabio Jiménez, y otro alumno de la escuela taurina de Salamanca: Cristian González, al cual yo no conocía, que me sorprendió por su concepto puro y sin el menor atisbo de trampa.
Tengo ya ganas de verlos a los dos toreando en los tentaderos de mi querido Zapato de Plata.