domingo, 19 de mayo de 2019

Pablo Aguado: el torero del silencio

La foto me la cede amablemente Álvaro Ramírez.

No se trata de escribir una crónica sobre lo sucedido ayer, pero no me resisto a describir mis sensaciones. Os ubico: balconcillo del ocho. A mi izquierda un señor de unos sesenta y pico años con su amigo, asiduos de la isidrada pero no aficionados (por la boca muere el pez). A mi derecha tres franceses pegados a tres puros de los de más humo que aroma. Una fila más abajo, a mi izquierda un aficionado de comentarios escasos pero certeros y debajo de él, dos mozalbetes con ganas de guerra. En la fila uno, Sánchez Magro detrás de sus gafas de sol.
La tarde comienza con buen son. La de Montalvo el año pasado embistió y el primero ha dejado excelentes sensaciones en la muleta de Ginés. El segundo es una pintura y una máquina de embestir. Comienza la bronca. Adame con inicios bullidores y alguna serie buena por el izquierdo, se desajusta. El toro se abre de bueno que es y él todavía lo abre más. Palmas de tango, pitos y reproches que vienen del siete y de las partes altas pero nobles del seis. En el ocho la sensación es de que están reventando a Luis David y no se equivocan. Espadazo de los buenos, petición mayoritaria (yo no) y un presidente que no la concede. Bronca para el comisario con posteriores aplausos de los vencedores del sufragio. Se pongan como se pongan, el reglamento está para cumplirlo y ayer no se cumplió.
Tercero de la tarde: el personal ya se había quedado con la la cadencia de Aguado en el quite al toro anterior y al ver a un bicho bastote y falto de fuerzas no se reprime, como tampoco lo hace Iván García bajándole la mano. Toro al corral, sustituido por un viejuno de Luis Algarra de poco poder y malas ideas. Si se le baja la mano, se cae y si se le lleva a su altura te arranca las tripas como casi hizo con el Sevillano.
Cuarto, con poquito poder, se protesta con razón por el siete. El resto de la plaza se siente representado pero no se manifiesta. Una voz airada de tendido heavy espeta: "ahora os lo tragáis" "hay que protestar a los inválidos". Sánchez Magro se levanta y grita: "esos son los míos". Los dos mozalbetes de mi tendido replican al del siete: "respeta y cállate de una vez". Mientras tanto, un forofo de Baco, por enésima vez repite el mantra del  "viva España". Hasta Alfonso Ibarra se levanta para recriminarle su pesadez y decirle que se calle.
Sale el quinto, hondo y pesado, muy pesado. Desde el siete ya avisan al ocho: "está inválido, aviso". No es verdad, el bicho tiene poder pero ya nadie quiere ver a Luis David, que por cierto está bien con él.
Y llega el sexto de bonita capa, poco buenas hechuras y  fuerzas escasas. Aguado decide tocar la flauta mágica: cuatro notas, sencillas, pero dulces, cuatro que llegan al alma. Las Ventas es silencio porque el torero le ha robado la voz a veinte mil almas. El señor de mi izquierda me enseña sus vellos de punta y los franceses de mi derecha, ay los franceses de mi derecha, me miran de reojo atónitos porque me brotan unos olés tan rotundos y roncos que no parecen míos. Les miro, les pregunto si les gusta. Uno de ellos contesta con un lacónico y poco entusiasta "oui" y yo pienso para mis adentros que el pendenciero Lautrec no tuvo que ser como ellos.
Aguado no lo mata. Hubiese sido una puerta grande de esas de recordar, del latín re cordis, pero a pesar de la oportunidad perdida y de que Madrid se entrega pocas veces como ayer, me vuelvo al coche para desandar los 330 kilómetros que me clasifican como aficionado de provincias, con el espíritu de Stendhal, que se vino conmigo a los toros desde el Museo Reina Sofía,  bullendo en el asiento del copiloto y suplicándome que pare pronto porque se orina.

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